Antes de Internet

Los más jóvenes probablemente no pueden hacerse una idea muy completa de como era la vida de los pescadores de conocimientos antes de la aparición de la Internet frente al océano de datos que se despliega hoy en día ante nosotros, avezados internautas de la primera década del siglo XXI capaces de manejar navegadores y abrir mil pestañas a cada instante. Cuando no disponía de Internet tengo la impresión de haberme mantenido a flote precariamente en un bote de juguete encallado en una pequeña charca. Es cierto que uno podía llegar a desenvolverse intelectualmente por medio de algún otro modelo más navegable de barquito dentro de estanques más amplios, pero cualquiera de ellos se limitaba al contenido que existía en el barrio o alrededor de la ciudad, a la lenta y aparatosa forma de llegar hasta el contenido de la pequeña biblioteca del pueblo o al turbio pantano de miserias y obscenidades que se podía encontrar en la televisión, la radio o la prensa. El mundo de antaño se presenta ahora tan pobre, reducido y oscuro como hace siglos una aldea celta perdida en los salvajes bosques de Europa central podía haberlo sido para los escribas que trabajaban en la Biblioteca de Alejandría.

Sin Internet difícilmente habríamos oído hablar de una gran cantidad de obras del siglo pasado, mucho menos habríamos conseguido llegar hasta ellas. Pienso en los libros descatalogados que sólo unos pocos guardan o consiguen encontrar no siempre en las mejores condiciones en librerías "de viejo", en el cine o en la música y me pregunto cuantas obras geniales, que aunque siguen oyéndose y comercializándose, nos habrían pasado inadvertidas de no existir la inmensa telaraña de la red que continuamente nos lleva de un descubrimiento a otro, y a cuantas de las obras que se van desintegrando lentamente olvidadas en almacenes de empresas discográficas o cadenas de televisión podríamos haber tenido acceso. Probablemente a muy pocas, salvo las eventuales reposiciones programadas por operarios que desconocían nuestros intereses pero que cuando, por suerte coincidían con nuestros gustos, no siempre lo hacían con nuestra disposición a disfrutarlos y eran perseguidas videograbadora en mano, cazadas de cualquier forma, como se podía, cuando se podía.

Sorprende por donde deslizábamos nuestro intelecto antes de Internet. Si descontamos los pequeños refugios de las bibliotecas, de las escuelas o de las universidades que temporalmente ofrecían cierto enriquecedor espacio, la pesca del conocimiento a la que teníamos acceso se desarrollaba lentamente por un estrecho y agobiante sistema de canales en los que disponían para nosotros una miserable barquita. Y no nos quedaba otra que contentarnos con la información que había en ese aburrido trayecto planificado de antemano por una especie de lazarillos adiestrados para desactivar nuestra curiosidad y aturdir lo mejor posible nuestra voluntad de saber por medio de unos contenidos de escasa calidad o directamente imbéciles elaborados según estúpidas estrategias de marketing impuestas por siniestras élites de idiotas. Pero el pastoreo de navegantes se esta acabando. Ahora vivimos inmersos en un sobrecogedor océano de datos que aumenta día a día en cantidades inimaginables, pero un océano que nos deja navegar libremente y nos permite decidir hacia donde queremos dirigirnos y que queremos obtener.

Disponemos un inmenso océano para elegir nuestras rutas y millones de nuevos continentes donde llevar a cabo mil y un pillajes, hasta hartarnos de joyas de la literatura, el cine, de la música, de la pintura o de cualquier otro tema afín al interés de nuestras búsquedas. Estamos inmersos en la revolución. Y es una revolución radical y convulsa, porque Internet destruye a pasos agigantados todo un sistema de consumo de información y de control de la información que estaba en su cenit en los últimos años del siglo XX. Ahora cada vez más ideas discurren libres por la red al alcance de todos los internautas, y como individuos comenzamos a tener un pavoroso panorama de nuevos conocimientos, de libertad, y responsabilidad.

6 comentarios:

2 dijo...

Parece que fue hace un siglo, ese siglo pasado. Cuando salíamos a la calle sin tener que llevar el teléfono a cuestas, cuando no había aparente necesidad de estar comunicado e informado en tiempo real de las últimas noticias cuidadosamente seleccionadas por los que seleccionan las noticias; cuando los trenes de alta velocidad (¿Es que el Talgo es lento?) convivían en paz y armonía con esos otros de trayectos interminables en el tiempo pero que cumplían una función social, económica y ecológica de primera al interconectar pequeñas localidades -si, a paso de tortuga- dispersas entre las capitales de provincia.


Cuando apenas había unos pocos ¡A veces uno sólo, con suerte! canales de televisión, una televisión ramplona, pobre y tan arcáica que hasta llegaba a emitir teatro televisado. Y antes, ni eso, sólo radio y en aparatos descomunales, del tamaño de una máquina de coser que emitían bizarros programas en que los oyentes se comunicaban con los locutores ¡Por correo postal!


Si, era un estilo de vida muy distinto al de hoy día. Lleno de limitaciones de todo tipo y con un poder adquisitivo siempre escaso.


La información era poca y remota, el acceso a bienes artísticos y culturales, algo épico comparado con lo que hay en Internet. Los medios y las posibilidades han cambiado mucho pero ¿Y nosotros? ¿Tanto hemos cambiado? ¿EL no haber crecido en la maraña tecnológica, el consumo exageradamente suicida de recursos energéticos y la sopamagna de Internet nos hizo humana o culturalmente inferiores a las generaciones nacidas en el boom tecnológico?


Cierto que en la era pre-internet no teníamos al alcance de la mano todo el cine del mundo, ni todos los libros del mundo, ni realmente casi nada, pero para eso estaba el ingenio y la capacidad de adaptación a un estilo de vida bastante menos consumista, y no me refiero sólo al aspecto pecuniario sino a esa especie de obligación de consumir a toda prisa cuantos bienes tangibles y menos tangibles se pongan a tiro con un espíritu más competitivo que hedonista.


Curiosamente, una inmensa mayoría de la información y los bienes culturales que encontramos en Internet pertenecen a la era pre-internet, y han sido colocados en la red por los cavernícolas que sobrevivimos a lo que ahora parece que fue una era de obscurantismo que ríase usté del Medioevo. Con todas las limitaciones que se quiera, casi todo lo que compone el ciberpatrimonio cultural de la web fue cuidadosamente conservado, digitalizado y puesto a disposición del mundo mundial por los presuntamente limitados finiseculares pretecnológicos. No está mal para unos chicos de provincias.


No hay duda de que el acceso a la información y la cultura abre inmensas posibilidades, pero no es más que un instrumento, un medio. Si no se utiliza, o directamente se malgasta ese medio, no sirve de nada. Se consume, se banaliza, pero nada más. Caramba, a Erasmo de Rotterdam no le fue nada mal, a pesar de no tener acceso a Internet: cuando de tiene disposición, uno se busca los medios. Y los encuentra.


Si tuviera que hacer un rol de inventos revolucionarios en Internet (bueno, la propia Internet lo es), pondría en primer lugar y con dos cuerpos de ventaja, el correo eléctrico. Después, los espacios autogestionados de publicación (blogs, paginas güé, etc) y las redes p2p, y a continuación listas, foros y chats. Lo demás creo que viene a ser lo mismo que encontramos en el mundo tresdé pero pasado a bits, aplicando en general modelos que si resultan desfasados al otro lado del monitor; dan risa cuando se ponen en red.


Algo que da bastante que pensar es que en la tan traída y llevada Internet 2.0, hay un 10% raspado que genera contenidos contra un abrumador 90% que se limita a consumirlos. Literalmente a consumirlos. Un poco de miedo si que da ¿No?



Shalom

2 dijo...

Tan pronto encuentre un distribuidor de estimulante del crecimiento capilar para batracios... :P

Anónimo dijo...

esto no me gusta nada ok pedazos

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