El problema del sufrimiento

Quién no ha pensado alguna vez en lo inquietante de la  idea de un dios personal bondadoso, a la vez creador y supervisor de un cosmos donde la principal relación entre sus criaturas consiste en disolverse unas a otras dentro de bolsitas llenas de ácido tras pasar por garras, colmillos, cuchillos, etc. La vida es un serial killer con predilección por los objetos punzantes y el ácido clorhídrico para deshacerse de sus víctimas, lo que demuestra que detrás de todo esto hay un sádico genial, que además nos ama, o bien un universo que evoluciona por si mismo (quizá creado por científicos locos de la nosecuanta dimensión) y que por largo rato fue ajeno a la moral e intereses de los seres humanos. Ninguna de las dos posibilidades da muy buen rollito.

Pero es que, en nuestro afán por encontrar una razón manifiesta que de un sentido aceptable a esta refriega sangrienta llamada vida lo queremos todo: la existencia de un superser amoroso que nos de tranquilidad gracias a un relato que resuelva el misterio de tanta chapuza y dolor, pero también que consista en un principio tan firme e incuestionable que sea necesario figurárselo total y absoluto, omnipotente y omnisciente, creador y regidor de todo. Y claro, eso incluye los mecanismos biológicos necesarios para vivir, morir y matar de miles de maneras horripilantes e inevitables, aunque queramos pintarlo de alegres colores o por bueonoides que tratemos de sentirnos los matarifes y gourmets conscientes de nuestra labor aniquiladora.

Este es el problema que nos dejaron los epicúreos sobre la ilógica de un creador benevolente que construye y se ocupa de una maquinaria en la que ha incluido el mal, no la maldad, sino el sufrimiento que origina la vida. Dentro de un sistema tan cruento un creador de todo, todopoderoso, que se interesa por nosotros y habla de nuestras cosas es una herramienta de poder y consolación muy útil, pero no es menos inquietante que imaginarnos en un universo originalmente ignorante, que funciona a su bola y bajo principios que no se pliegan a nuestros intereses. Es un poco como tener que decidir entre vivir dentro de un cosmos inventado y manipulado por Hannibal Lecter o en un universo que se comporta como King Kong.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Stop sopa? ¿Acaso se trata de una campaña para promocionar el consumo de puré?

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Dibujo de Sol Daiana Murua
Dibujo de Sol Daiana Murua

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