La historia debe reconocer que el siglo de Carlomagno, por muy brillante que parezca en otros dominios, visto en su aspecto económico es un siglo de regresión. La organización financiera del imperio franco acabará de convencernos; pues, en efecto, fue lo más rudimentaria posible. El impuesto público, que los merovingios habían conservado a imitación de Roma, deja de existir. Los recursos del soberano se limitan a las rentas de sus dominios, a los tributos de los pueblos vencidos y al botín de guerra. El telonio ya no contribuye a alimentar el tesoro, atestiguando así la decadencia comercial de la época. Se convierte en simple exacción brutalmente obtenida en especies sobre las escasas mercancías transportadas por los ríos o a través de las rutas. Sus escasos beneficios, que debían servir para mantener los puentes, los diques y los caminos, se quedan en manos de los funcionarios que los perciben. Los Missi dominici, creados para vigilar la administración, son impotentes para denunciar los abusos que comprueban, puesto que el Estado, incapaz de pagar a sus agentes, es incapaz también de imponerles su autoridad, viéndose obligado a elegirlos entre la aristocracia, que, gracias a su situación social, es la única que puede proporcionarle servicios gratuitos. Pero, al actuar así, tiene que elegir los instrumentos de su poder, por falta de dinero, entre un grupo de hombres cuyo principal interés es disminuir este poder. El reclutar sus funcionarios entre la aristocracia fue el vicio fundamental del Estado franco y la causa esencial de su rápida disolución después de la muerte de Carlomagno. Realmente, nada podía resultar más frágil que este Estado cuyo soberano, en teoría todopoderoso, dependía de hecho de la fidelidad de agentes independientes a él. En esta situación contradictoria se halla en germen el sistema feudal. El Imperio carolingio sólo hubiera podido subsistir si hubiera tenido, como el Imperio bizantino o el Imperio de los califas, un sistema de impuestos, un control financiero, una centralización fiscal y un tesoro con el que pagar a sus funcionarios los trabajos públicos, el mantenimiento del ejército y la flota.
Henri Pirenne, Las ciudades de la Edad Media
La crisis del Imperio carolingio
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