Jezabel metiéndose en su blog con algún desdichado me recordó dos ocurrencias que suelen surgir en la mesa durante el postre. La primera es que los desarrapados de los países pobres viven más felices que los ciudadanos de las sociedades ricas porque no son tan materialistas, y gracias a la consolación que les proporcionan sus valores espirituales aunque mueren más y de formas más horripilantes, mueren mucho mejor. Esto revela porqué los pobres de África no encuentran motivos para arruinar su vida vendiendo CDs en las calles de nuestras urbes o porqué los asiáticos siguen apegados a sus milenarias tradiciones y todo lo que nos viene de China o Japón consiste en abanicos y especias, explica también cómo es que los españoles estamos regresando al campo a azuzar burros y a levantar capillas de adobe.
La segunda ocurrencia en realidad es la misma, pero enmarcada en un periodo imaginario del pasado. Supone una antigua e incierta "edad dorada" en la que existían menos recursos y tecnología, pero donde la gente era mejor, más genuina y natural, más buena y gentil gracias a que mantenían intactas tradición y espiritualidad, esto último, según gustos se situará en el catolicismo tridentino del siglo XVI, el cristianismo del siglo II, el chamanismo de las tribus indias, la wicca celtoide o los cultos atlantes de nuncajamás. Con la crisis nos vamos convirtiendo en una sociedad pobre y solariega, donde la gente se decantará más que por la sensatez, la prudencia y la frugalidad por el ascetismo, el misticismo y la tradición, seguro que estas ocurrencias vuelven con más ímpetu a nuestros postres.
Yo serviría siempre el café y los postres con una entrada en particular de La pizarra de Yuri.






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