Una república aristocrática

Sería interesante encontrar una manera no demasiado dictatorial de desmotivar a los votantes más tontos. En España junto a una ley electoral desfasada sufrimos a dos partidos votados por masas mayormente acríticas que tienen la capacidad de curvar el espacio político, de modo que a muchos ciudadanos se les escapa su voto hacia esas formaciones con razones que perpetúan el bipartidismo, como el argumento del "voto útil" o provocando que en vez de votar por un partido votemos contra un partido porque nos roban a base de bien, si, pero la alternativa es peor. De esta manera se van turnando dos formaciones plagadas de timadores y rateros que se acomodan tranquilamente al servicio de los poderosos, desde los capos y ladronzuelos opulentos de la aldea más diminuta hasta grandes empresas sin escrúpulos y organizaciones obsoletas que pasan por encima de la ley y de la sociedad gracias a gobiernos títeres. Pero es un síntoma que nuestros políticos sean corruptos e inoperantes, la enfermedad es una democracia impulsada por idiotas. El mal es anecdótico la idiotez es general, e igual que una manada de lobos no puede sobrevivir sin un gran número de borregos allí donde hay aprovechados y abusones abundan los idiotas.

Reformar la ley electoral ayudaría, porque la actual castiga a las formaciones pequeñas haciendo desaparecer millones de votos que son precisamente los que corresponden a los ciudadanos menos lelos. Y creo que es así porque los fenómenos estúpidos son por lo general un producto de las mayorías, porque la dependencia, la ignorancia y la credulidad imperan de forma aplastante sobre la autonomía, el conocimiento y la racionalidad. Es cierto que minorías de intelectuales tienen ideas pésimas, los arquitectos y escultores no dejan de recordárnoslo en cada museo o rotonda. También hay minorías poco lúcidas que siguen doctrinas terroríficas como los fascistas, pero para tener éxito y ser aceptado por una mayoría como mínimo necesitas demostrar que tienes un buen montón de ideas estúpidas . Si las mayorías decidieran en todos los ámbitos Dan Brown habría obtenido el nobel de literatura, el ministerio de ciencia y tecnología  subvencionaría la homeopatía y cualquier tertuliano sería ministro de cultura, por eso nuestra ley electoral fomenta la idiocracia y castiga la inteligencia.

Pero incluso con una la ley electoral justa nos seguirían sobrando millones de votantes. Es preciso desmotivar a los más tontos. Descarto la idea de poner algún trámite para votar, porque tal cosa se lleva por delante a los apáticos, y los apáticos no son necesariamente tontos, mientras que los tontos no lo son tanto como para no poder sortear la burocracia: los tontos nunca descansan. Creo que lo mejor sería utilizar algún tipo de exámenes. La corrupción y el Estado corporativo se debilitarían si tendiéramos hacia la aristocracia a los dos lados del sufragio. Si el gobierno es del pueblo, entonces el pueblo tiene que justificar que se ha instruido sobre el sistema que utiliza para gobernar, de otra manera no debería permitirse a los ciudadanos participar en su formación. Sólo en los dibujos animados dejamos que un idiota maneje una central nuclear, y un gobierno es mucho más importante y peligroso que una central nuclear. El Estado no puede ser un crucero que se limite a cargar con un pasaje políticamente ocioso, es una nave en la que todo el mundo debería ser tripulación, pero para eso el pueblo debe tener nociones de navegación.

Si hemos establecido exámenes para manejar un simple automóvil con más razones deberíamos exigirnos conocimientos sobre el gobierno de nuestro Estado antes de ponerlo en marcha. Para acceder al voto no puede bastarnos con tener dieciocho años, una edad por cierto absolutamente inadecuada tanto para votar como para hacer cualquier otra cosa. Los requisitos imprescindibles para poder votar deberían pasar por tener conocimientos suficientes sobre los principios y el funcionamiento de nuestro sistema de gobierno, además de demostrar cierta cultura general. Lo segundo no es tan importante, porque el buen juicio no depende de un conocimiento enciclopédico, aunque el conocimiento si que ayuda a tener más criterio. Así que en ese apartado me conformaría con pedir que los aspirantes al ejercicio del voto hicieran una pequeña redacción sobre "El conejo y la hormiga". Sólo contando con la ortografía el número de suspensos, y por lo tanto la cantidad de ciudadanos sin derecho a participar en las elecciones, iba a ser tan abrumador que los grandes partidos se desplomarían estrepitosamente. Sería un comienzo, y una feliz catástrofe que por lo menos haría la política más interesante.

Dibujo de Sol Daiana Murua
"Sol de marzo" de Sol Daiana Murua

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