Un año más tenemos a blogueros ateosos explicándose la aparente contradicción de disfrutar de una fiesta en la que se celebra el nacimiento de un dios. Cada uno tenemos nuestras justificaciones para disfrutar de estas fiestas, pero como expliqué en la entrada dedicada a la navidad, la verdadera razón para todos de esta fiesta es atiborrarse de polvorones y celebrar los polvorones que fabricaremos con las nuevas cosechas.
Los seguidores de Cristo son, como los ateos y cualquier otro creyente, practicantes de tradiciones paganas, a eso hay que añadir que los cristianismos fueron batiburrillos de mitos refritos con filosofía griega poco sofisticada servida dentro de una historia de judíos. Lo que impide ver los arboles del bosque es cierta fijación de apologistas y detractores del cristianismo de marcar una brecha entre los cultos cristianos y las filosofías y religiones paganas. El "cristianismo" son cultos del mundo helenístico, confeccionados con piezas de religiones y doctrinas morales del entorno, y por lo general fueron tan cafres y/o convenientes como el resto. Durante los apaleamientos de facciones que ocurrieron en el transcurso de la desintegración del imperio romano varios cristianismos sucumbieron como otros cultos de su época, y un par de ellos tuvieron más suerte enredándose con el poder de los reyes y emperadores. No hay nada especialmente notable en los cristianismos que los separe del resto de filosofías y religiones del mundo antiguo. Si uno quiere ver lo que nos queda del paganismo de la antigüedad "en vivo" sólo tiene que asistir a una misa en latín preferiblemente en un templo románico.
Los cristianos eran tan paganos como cualquier ciudadano del imperio, por eso no tuvieron problemas en colocar el nacimiento de su dios en la celebración de las saturnalias, que es una fiesta orientada al renacer y a la fertilidad (más horas de luz, más calorcito, próximas cosechas). Eso no ha cambiado, ni cambiará: la navidad siempre han sido las saturnalias. Y como las saturnalias nunca se fueron y sus causas determinan la fiesta y la razón de los dioses que se ubican en ellas hay más verdad sobre la navidad en los grandes almacenes, en la compra salvaje de productos y en las comilonas que en doctrinas de profetas o dioses de oriente medio. El protagonista de la navidad no es el flacucho dios semita del desierto, sino uno de los símbolos más antiguos de la fertilidad: un tipo patológicamente obeso vestido de rojo que porta un saco lleno de regalos (si, antes del patriarcado y de la CocaCola, era una tipa opulenta). En resumen, los ateos y el resto de herejes cuando dilapidan su sueldo en cenas y se atiborran de mazapanes y turrón están más cerca del espíritu de estas fiestas que cualquier cristiano que celebre el nacimiento de su dios.
Ateos en navidad
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