Maese Pablo de Alerta Religión ha publicado hoy un post sobre una pagina de frikis en la que se hace un planteamiento muy tortuoso de la desnudez con el objetivo de expresar la oposición a que el Estado establezca o mantenga playas nudistas. También estoy en contra de que existan esas playas. Me parecen algo tan extraño como delimitar zonas para los que usan camisas hawaianas. Pero si queremos oponernos a este tipo de guetos no es necesario que nos ahoguemos en un mar de retorica que en coherencia nos llevaría a no poder contemplar el arte de los últimos cincuenta mil años porque los modelos de los que surgió el David de Miguel Ángel o la Venus de Willendorf estarían siendo "cosificados". Las playas nudistas no tienen sentido ya que dentro de toda la superficie del Estado (calles, plazas, parques, caminos de cabras, etc) los ciudadanos deberían poder gestionar como mejor les parezca el uso de su vestimenta siempre que tal cosa no represente un problema para la salud pública. Tratar de ocultar o cercar la desnudez a todo el cosmos sólo por cuestión de estética o de ética es pueril, y voy a explicar por qué.
Pablo ilustra su entrada con un dibujito (incluido aquí) de dos seres humanos desnudos que se encuentra a unos doce millones de kilómetros del Sol y se aleja de la Tierra a la velocidad de diecisiete kilómetros por segundo en dirección a la estrella Aldebarán en la constelación de Tauro, demasiado lejos y demasiado rápido tanto para los que quieren proteger a todo el universo de gente "sensible" de la visión de cuerpos desnudos como para los que censuran el erotismo fuera de la unión religiosa de la pareja. Pero eso no es todo, las imágenes que viajan en las emisiones radioeléctricas son tan veloces como la luz y avanzan en todas direcciones, adelantaron a nuestro sencillo dibujo interplanetario hace décadas y ya deben haber sobrepasado más de un centenar de estrellas. Las primeras retransmisiones de señoras y señores total o parcialmente desnudos en televisión no pueden haberse popularizado mucho antes de la década de los setenta del siglo pasado, es decir que tenemos una esfera de unos cuarenta años luz repleta de imágenes pornográficas expandiéndose en todas direcciones a trescientos mil kilómetros por segundo. Esto es imposible de limitar salvo por las leyes de la física que nos pusieron un tope máximo a la velocidad con la que puede desplazarse la pornografía. Pero aun así la distancia que abarcan equivale nada menos que a alrededor de treinta mil sistemas solares. Si yo estuviera en contra de la propagación de los desnudos me estaría tirando de los pelos.
Desnudos en el cosmos
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