Los tres grandes cultos monoteístas nacidos en el medio oriente mantienen en sus textos sagrados una concepción androcéntrica y en muchas ocasiones nos revelan una visión patriarcal y machista más o menos explícita. Estas religiones fueron proyecciones de las tradiciones de sus sociedades, y como todas las religiones continúan siendo una forma de explotar la ignorancia y los sentimientos: el deseo y el miedo para, a través del denominado pensamiento mágico realimentar y perpetuar esas tradiciones. La religión judía y más tarde el cristianismo y el Islam fueron la consecuencia de la evolución de las sociedades patriarcales donde surgieron, a causa de esto, nacieron y se constituyeron profundamente machistas. Para empezar Yahveh se dirige en la Biblia al macho de la especie humana:
Y deja a la mujer en la situación de ser "pertenencia" del hombre. Más atrás la Biblia nos cuenta porque esto es así:
El primer ser viviente creado por Yahveh es el hombre. Una vez confeccionados los árboles, los ríos y acomodado el hombre en el jardín del Eden, el dios bíblico dice:
Finalmente la "ayuda" que podían otorgarle los animales no convenció a ambos y Yahveh decide extraer a Eva del cuerpo de Adán.
El inicio de la Biblia nos revela que sexo había sido prioritario para Dios y que sexo fue creado como una "ayuda" o "compañía adecuada". En el siguiente capitulo del Génesis para precisar la prioridad de un sexo respecto al otro y el sometimiento del sexo femenino, Yahvé dice:
Este versículo también atribuye el deseo sexual a la mujer y no al hombre. La mujer es caracterizada como un ser de deseo y pasiones: más emocional y menos racional que el varón. Los versículos anteriores (Gen 3:1-6) relatan como Eva es la primera en caer ante el engaño de la serpiente. Todo esto sería de gran trascendencia para los apologistas cristianos posteriores, que basándose en esos textos justificaron las ideas que los filósofos griegos y la sociedad helenística mantenían sobre la "debilidad natural" del género femenino. Hay que resaltar que el primer relato del Génesis es sin embargo simétrico:
Pero en concordancia con sus sociedades, no fue esta versión la que se impuso. La mayoría de los propagadores de la fe judía, cristiana o islámica tomaron en cuenta el segundo relato del Génesis a la hora de explicar la naturaleza de la mujer y su situación en el mundo. El Corán, por ejemplo, menciona la segunda versión del Génesis en dos ocasiones -Sura VII, 189; XXXIX, 6- mientras que ésta primera versión del mito no se cita nunca.
Como en otras culturas tribales del planeta también los antiguos redactores de la Biblia se interesaron por controlar y definir el parto y la menstruación de la mujer. Crearon restrictivas normas para estos casos. Consideraban a la menstruante o a la mujer que había dado a luz, como sucia e "impura". Su "impureza" contaminaba también a los otros:
En el Antiguo Testamento podemos encontrar historias de heroínas, como Ester o Debora, pero estos personajes femeninos están colocados para defender el nacionalismo religioso judío y en ningún momento mejoran la orientación sobre la mujer que tiene la Biblia. En algunos pasajes del Nuevo Testamento la actitud del mesías del cristianismo frente a las mujeres es diferente respecto al tratamiento que dan al sexo femenino otros hombres célebres en los anteriores textos bíblicos. Son versículos en los que se hace cobrar protagonismo a ciertas mujeres junto al mesías (Jn 8:1-11, Jn 4:7-26, Jn 11:25-27, Jn 20, Mt 15:21-28, Mc 7:24-30, etc.). Pero Jesús no hace explicitas referencias a los roles sociales de los dos sexos, por lo que sería absurdo extraer la idea de que el mesías cristiano, un hombre del siglo I, estaba pensando en llevar a las mujeres al mismo estadio de los varones. La inusual orientación de Cristo en los Evangelios revela un cambio respecto a la tradición judía, pero ese cambio antes de pretender igualar el estatus de la mujer con el del varón en derechos y obligaciones parece más la actitud proselitista de un movimiento religioso naciente que luchaba por extenderse llamando la atención de las capas de la sociedad más desfavorecidas, haciendo hincapié en sus textos en la relación del propio mesías con humildes pescadores, con los pobres, los enfermos, los desheredados y las mujeres. Desde el catolicismo se ha dicho que el trato humanista (en algún punto igualitario) que se le da a la mujer en el cristianismo en relación a los textos judíos anteriores debe mucho a la importancia de la figura de Maria la madre de Cristo. Pero apenas hay espacio en la Biblia para Maria, los evangelistas casi no hablan de ella. La importancia de la Virgen tiene más relación con el sincretismo católico posterior que fue desarrollándose conforme los paganos absorbían el cristianismo, y surge del culto popular a las diosas egipcias y griegas. En cualquier caso, antes de que se redactaran los evangelios que contextualizarían la figura de Cristo, el apóstol Pablo ya había dejado escritos los preceptos necesarios para impedir cualquier interpretación que pudiera darse en contra del machismo o a favor de la igualdad de los sexos dentro de la sociedad cristiana original.
Para dejar instaurada de un modo simbólico esta jerarquía entre la divinidad y los dos sexos en relación a su lugar en la sociedad, el apóstol utiliza la tradición mediterránea del velo.
El cabello largo de la mujer y el velo durante la adoración se utilizan como símbolos para manifestar su "subordinación al esposo y su deseo de honrarle". En I Pedro podemos leer respecto a los "deberes conyugales":
Y Pablo diría:
Las corrientes integristas de nuestros días más apegadas al cristianismo original y que no desechan estos versículos a causa de su contexto histórico (o que al menos encuentran en ellos el modelo hacia el que debe tender la familia) aun suelen distinguir entre la "inferioridad" y la "sujeción".
La mujer no es para ellos y ante Dios, inferior al hombre:
La mujer esta subordinada en su asociación con el hombre, pero sólo porque sobre éste recaen obligaciones más importantes. Para entender este punto hay que volver al génesis en el que la mujer es la primera en caer y eso revela su debilidad frente a lo exterior (el mundo o el demonio) y la necesidad de ser protegida. En el cristianismo original el machismo acababa en la frontera con la divinidad y en la promesa del "reino de Dios", pero ésta frontera nunca debía traspasarse en el mundo, en la "vida terrenal", en la vida pública, en el hogar, en los templos:
Si "los desheredados" promovieron el cristianismo en los primeros tiempos, esto seguramente incentivó cierta igualdad coyuntural. El poder de gestión de la iglesia se encontró hasta cierto punto más repartido entre los dos sexos. Pero a medida que el cristianismo era aceptado por la mayoría de la sociedad, se denegaba la responsabilidad concedida a las mujeres en los primeros años. Con la adopción por parte del Estado de la religión cristiana esta breve coyuntura finalmente desapareció y los "padres de la iglesia" retomaron las posturas paulinas, que posiblemente por un tiempo habían sido discretamente olvidadas en beneficio de la causa, y aun retornaron a las costumbres más misóginas de la tradición judía.
Ya en el siglo III las mujeres menstruantes no podían acercarse al altar en los templos, y hacia el siglo VII habían sido revitalizados todos los mitos sobre el poder destructor de la sangre menstrual. El parto fue considerado de nuevo como una experiencia contaminante. Hacia finales del siglo VI la ceremonia cristiana de la "misa de parida" ponía en práctica a través de la figura ritual del sacerdote los preceptos del Levítico:
Entre los primeros que se ocuparon de revitalizar las instrucciones paulinas resalta Tertuliano, uno de los apologistas más importantes del siglo III, primero que escribió en latín. Tertuliano exaltó la ortodoxia y luchó contra la herejía al manifestar que sólo los portavoces autorizados de la Iglesia podían interpretar las "Escrituras". Como ya se ha visto en otras ocasiones para justificar la misoginia se vuelve a la caída de Eva en el Génesis:
Doscientos años más tarde, hacia finales del siglo IV, San Juan Crisóstomo obispo de Constantinopla, famoso orador de su época, llamado "boca de oro" por su gran elocuencia, repetía el argumento:
En las mismas fechas San Agustín, obispo de Hipona, considerado uno de los más importantes filósofos de la antigüedad, (sus "Confesiones" y "De civitate Dei" se encuentran entre los clásicos del catolicismo) decía sobre la mujer:
Además de construir un machismo paternalista gracias a la naturaleza más débil de las mujeres por su culpabilidad en el abandono de "la gracia" y su "impureza" periódica, la iglesia reconstruía su papel doméstico enfocado a la crianza a través de la mitificación de la Virgen. Esta argumentación recurrente y la misma política respecto a la mujer continuo en las iglesias europeas desde que se institucionalizó el cristianismo hasta nuestros días. Los apologistas cristianos realimentaron durante milenios las tradiciones de su sociedad.
Ocho siglos después de San Agustin, Tomas de Aquino también conocido como "Doctor Angélico" y "El Príncipe de los Escolásticos", uno de los mayores introductores de la filosofía aristotélica en la teología cristiana, pensaba al igual que Aristóteles que:
Trescientos años después y mil trescientos desde Tertuliano, Martín Lutero reformador y revitalizador del cristianismo, decía de las mujeres:
Y cuatrocientos años después, en 1930 el Papa Pio XI escribía en su encíclica sobre el matrimonio cristiano:
Casi dos milenios separan a Tertuliano en los inicios de la expansión del cristianismo hasta el Papa Pio XI, durante los cuales las expresiones de los apologistas y los conservadores del mensaje cristiano en cuanto al rol de las mujeres se limitaron a reproducir el contenido machista de los evangelios.
En el cristianismo actual no se suele tener conciencia de estos hechos, se celebra en cambio que en los evangelios se hable de la "igualdad de los creyentes" olvidando los textos bíblicos expuestos aquí, inspirados por el dios del cristianismo y que fundamentan y han caracterizado el cristianismo, olvidando que en estos textos como en otros, los evangelios no hablan tanto de la igualdad terrenal como de la igualdad "en el espíritu" o "hacia Dios" (Mt:10,24-25; I Tm:6,1; Tt:2,9; I Tm:6,1):
El cristianismo, seguramente urgido por un mensaje que prometía la inminente llegada del "reino de Dios", nunca tuvo entre sus objetivos acabar con ningún tipo de desigualdad social "en este mundo", como expresó San Agustín:
Como el "reino de Dios" tardaba en llegar, ochocientos años después de San Agustín, Tomás de Aquino parece que trató de reglamentar esta situación:
Coincidiendo con Pablo en la dirección en la que debían situarse amos y servidores, maridos y esposas:
Como expresión de sus nuevas sociedades la evolución de las grandes religiones monoteístas orientales desde el cristianismo al Islam representó quizá una gestión más civilizada y paternalista del machismo que practicaban las bandas de pastores nómadas. Pero el cristianismo es como el fruto del café: oscuro, aunque nos parezca un objeto más claro si lo ponemos sobre un montón de carbón. Los textos sagrados de los monoteísmos orientales encierran un mensaje machista. En ellos se parte de una idea: a causa de la debilidad física y mental de la mujer, el varón debe ser el guía y principal proveedor de recursos de la familia. Y como ocurre en cualquier otra esfera social, quien genera y controla los recursos suele tener la fuerza para imponer su autoridad. Una vez se consigue la autoridad se establece el vinculo exclusivo del varón con Dios: conforme al texto bíblico (Gn17:1-12), solo los varones reciben "el signo de la alianza" con Dios (la circuncisión, realizada al octavo día del nacimiento).
La Biblia es misógina, la mujer es tratada como un ser imperfecto, contaminante y peligroso (Eclesiastés 7:26-28, Levítico 12: 1, 2-5, etc); nos la presentan directamente como una pertenencia (Éxodo 20:17, Deuteronomio 21: 11-14 Jueces 21: 7 10-12, Jeremías 8: 10 2, Samuel 12: 11, etc) o menos valorada que el varón (Levítico 27:2-3-4, Deuteronomio 22: 13-21, etc). Misoginia que deviene de una religión de rasgos tribales y fue, hasta en las más oscuras épocas de nuestra historia identificable por muchos intelectos. Las versiones posteriores de las religiones monoteístas continuaron apoyándose en el mensaje misógino de la Biblia para desplegar toda suerte de argumentos cada vez más sutiles con el objetivo de dirigir y especializar a las mujeres en la vida y el trabajo domésticos, hacia la maternidad y la crianza, haciéndolas dependientes de los hombres. De ese modo mientras se insistía en su función de madre, (no sólo por medio de los textos bíblicos sino también a través de iconos surgidos posteriormente como el de de la Virgen Maria), se explicaba, ya desde el mito de Eva, a la mujer como un ser mentalmente más débil: más sentimental, irracional y pasional que el hombre, y por lo tanto no tan apta como éste para responsabilizarse de los asuntos de la comunidad. Pablo de Tarso resumió estas ideas en un versículo magistral por lo sintético:
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